No necesitamos añadir azúcar a nuestra alimentación pues se encuentra en todas partes (pan, pastas, frutas).
Los azúcares simples son rápidamente absorbidos en el estómago.
En el momento que los azucares pasan al torrente sanguíneo en forma de glucosa, ésto estimula una rápida producción de insulina por el páncreas (pico de insulina). La insulina cumple una función muy importante; hace que la glucosa pase de la sangre al interior de las células para ser empleada como combustible.
La cantidad de insulina circulando por la sangre es entonces demasiado grande. El azúcar es rápidamente almacenada y quemada, pero la acción de la insulina es demasiado eficaz y el nivel de azúcar en la sangre desciende por debajo del normal: es el estado de hipoglucemia,
Este estado se caracteriza por síntomas bien conocidos como el “bajón” de las 11 Hs.: fatiga, depresión, falta de concentración...
Es allí cuando nuestro cerebro decreta que tenemos hambre, y nos ponemos a comer como sí fuera la última vez que podremos hacerlo.
Cuando uno ingiere grandes cantidades de azúcares en forma continuada hay un exceso en la secreción de insulina, que al cabo de un tiempo termina agotando a las células que la producen.
Cuando la insulina comienza a agotarse aparece la diabetes, por lo general junto con hipertensión (por la obesidad ya presente) El desenlace. De no mediar acción alguna, el final es lento, destructivo y doloroso, y se da en forma de infarto cardíaco, accidente cerebro vascular, insuficiencia renal y/o ceguera por lesión de la retina, más los daños colaterales como la destrucción de las articulaciones de las rodillas, el cansancio abrumador ante la menor demanda física, los continuos “sube y baja” emocionales por variación de la glucemia, la pérdida de la auto estima...
El almacenamiento de los azúcares en reservas. Cuando el hígado y el tejido muscular, que son los dos órganos utilizados para almacenar la reserva de azúcares (2,4 kilogramos en total) se ven saturados, todo exceso de glucosa, de proteínas y de grasas ingeridas pasará a convertirse en tejido adiposo (grasa) y guardado como reserva en todo el organismo, aunque su patrón de distribución sigue un orden establecido que difiere entre hombres y mujeres.
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